Por Rodolfo Sorondo, editor
La emociones tienen funciones indispensables en nuestra existencia. Gracias a ellas nuestra especie ha sobrevivido. Las más antiguas, como la ira y el miedo, se remontan a 500 millones de años. Los primeros animales ya las tenían porque son sistemas inteligentes que permiten tomar decisiones de forma inmediata, sin pensar. Las emociones actúan como un motor para nosotros y nos mueven a todos los niveles: fisiológico, conductual y de sentimientos.
Independiente de la cultura, se mueven los mismos músculos cuando una persona en cualquier lugar ríe de forma sincera. Y con el miedo o el asco pasa igual, las emociones son un lenguaje universal que nos permite la comunicación con cualquier persona y con otros animales. Pero las emociones son útiles en más aspectos de nuestra vida. Tienen una función biológica, puesto que nos conectan con nuestras necesidades y procuran nuestra supervivencia. Cumplen una función energética, porque nos aportan una valoración de la realidad (intuitiva, sensorial, cognitiva) y nos impulsan hacia lo que consideramos bueno y nos alejan de lo que consideramos malo. Son como lentes a través de los cuáles vemos el mundo y nos imprimen una actitud vital, nos vinculan de modo singular a las otras personas. Cumplen una función adaptativa, puesto que nos exigen un esfuerzo de reajuste a los hechos que suceden en nuestra vida y tienen una función ética, son básicas para que los valores de la convivencia puedan ser asumidos.
Conocido su valor, llega el momento de actuar para tenerlas como aliadas. Para ello, los pasos son:
Reconocerlas
Reconocer nuestras emociones parece en principio sencillo, pero nada más lejos de la realidad. Nos cuesta más entender nuestras emociones que las de los demás porque sobre los demás tenemos cierta objetividad. A veces somos incapaces de saber lo que queremos y sentimos. Es una especie de falta de empatía, de comprensión emocional con nosotros mismos. Tenemos poca práctica en identificar nuestras emociones y a menudo las confundimos o tergiversamos. Especialmente algunas, como el dolor, nos cuesta trabajo reconocerlas. Hay más tendencia a buscar culpables, a irritarse o evadirse, que a admitir que tenemos el corazón roto. La envidia es otro ejemplo, descalificamos al otro antes de reconocer que nos gustaría estar en su situación.
Mostrarlas
Tras tomar conciencia de las emociones, llega el momento de mostrarlas. Tras expresarlas y sentirlas es más fácil ser conscientes de ellas. Quien inhibe sus emociones y no las muestra impide reconocerlas y también que los demás puedan saber cómo se siente. No expresar las emociones genera muchas lagunas de comunicación.
Manejarlas
No sólo hay que saber mostrar las emociones sino regularlas, expresarlas sin desbordar los límites propios y ajenos. Hay que saber acogerlas y trabajar con ellas. Parece difícil hallar el equilibrio perfecto entre mostrar y regular pero cada persona debe encontrar el suyo, según la situación y las circunstancias. No hay normas fijas. Por ejemplo, la ira no es recomendable mostrarla de manera descontrolada. Para saber si tengo que hacerlo o no ayuda preguntarse: ¿cómo me afecta si la muestro?, ¿cómo se sentirá el otro?, ¿afectará a la relación?, ¿qué entorno creo si la muestro?
Se puede aprender a conocer y expresar las emociones, el objetivo es madurar emocionalmente, lo que implica armonizar nuestro abanico emocional, descondicionando malos hábitos, adquiriendo emociones nuevas y manejando las de siempre. Esto lleva también a humanizarnos plenamente, es decir, a sentirnos parte de la humanidad, a en definitiva mejorar como personas.
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